Cuando era chico, los días de lluvia tenían un encanto especial.
Mientras las gotas repiqueteaban en el techo de chapa, con mi abuelo
nos refugiábamos en el galpón donde el olor a cuero crudo se mezclaba
con el de la tierra mojada. Esos días no eran para quedarse quietos,
sino para poner las manos a trabajar, remendando lo que el trajín con
los animales rompía: monturas, riendas, cinchas, todo lo que llevaba
el sello del esfuerzo diario.
Con la maceta, mi abuelo me enseñaba a sobar lonjas, un ritual lento
y preciso. Cada golpe era una lección de paciencia, con cada tiento
una historia que se tejía entre nosotros. Mientras trabajábamos, él
hablaba. Contaba de sus años mozos, de las hazañas de los gauchos,
de noches bajo las estrellas y de lecciones que la vida en el campo
le había grabado a fuego. Sus palabras, como el cuero, eran fuertes
y nobles, llenas de sabiduría que yo absorbía sin darme cuenta.
Pero no solo eran historias: a veces, con la mirada perdida en el
horizonte gris, recitaba versos. Coplas y décimas que hablaban de
la vida y el amor.
Esos días de lluvia no solo arreglábamos objetos; tejíamos recuerdos.
El galpón, el cuero, los versos y sus historias se convirtieron en un
legado que aún vive en mí. Cada gota de lluvia me trae de nuevo su voz,
sus manos curtidas y la magia de aquellos momentos.
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